Efecto burbuja

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Por Sergio Roncero Sánchez
Adiestrador canino de URANCAN

En primer lugar, definamos al perro reactivo. Es aquel que su conducta, y/o estado emocional, cambia bruscamente ante la aparición de determinados estímulos del entorno, no sabiendo resolver ni gestionar correctamente la información ambiental en ese escenario. Normalmente estas reacciones se dan, de forma más significativa, cuando el perro está con la correa.
Aunque cada perro, por cuestiones genéticas, tendrá una predisposición concreta a desarrollar un comportamiento reactivo, otras causas, muy diversas, influirán en la aparición y desarrollo del problema. Así, podemos decir que los defectos en la sociabilización, las inestabilidades emocionales y la incorrecta educación pueden tener un peso importantísimo en el grado de reactividad de un perro.
Al ser detectado, por parte del perro, el estímulo en cuestión, provoca una reacción alta en el estado previo del perro que conlleva, en la mayoría de las ocasiones, a comportamientos incontrolables. Desde ese preciso momento, se conforma una burbuja en la que están el perro y el estímulo en cuestión, quedando el propietario y guía del perro fuera de la misma. Durante la estancia del perro en dicha burbuja, el control del mismo irá disminuyendo progresivamente. Influirán en dicha progresión el tiempo de exposición y la distancia al estímulo.
Es importante también resaltar que dicha reacción puede venir por defecto o por exceso. Es decir, por ganas de interactuar con el estímulo o deseo de alejarse del mismo.
Por ejemplo, un perro puede desarrollar un comportamiento reactivo cuando distingue a otro perro por ganas de llegar hacia él a jugar o por deseos de alejar al perro al máximo debido a una inseguridad.
No es la intención de este artículo describir las técnicas a usar (desensibilización y contracondicionamiento) para tratar un caso de reactividad, y sí centrarnos más en el efecto burbuja de un perro reactivo.
Resulta básico conocer el lenguaje corporal del perro, porque el mismo nos informará de la detección de aquellos estímulos que provocan la reacción. La posición de la cabeza respecto a los hombros, la forma de caminar, la rigidez muscular, la boca que se cierra, etc. son signos que pueden informarnos de que el estado emocional del perro ha cambiado, de que comienza a entrar en esa burbuja. Ese instante debemos definirlo como la distancia de seguridad en la que aún podemos tener el control del perro.
Es en ese momento, donde debemos actuar para explotar la burbuja que comentamos. Resulta tan importante saber evitar que el perro forme y entre en esa burbuja (prevención), como saber sacarlo de ella si el perro ha detectado el estímulo reactivo antes que nosotros (corrección).
Para la prevención es básico tener un correcto vínculo con el perro. Debemos conseguir que la distancia de seguridad pueda ser poco a poco menor, y acercarnos de forma controlada a los estímulos problemáticos de cada perro. Los juegos proactivos (juegos de olfato, de conexión visual con nosotros, etc.) también nos ayudarán en nuestros propósitos, disminuyendo la reactividad del perro. Lo que sí debemos evitar es seguir acercando al perro al estímulo en cuestión. Ya que eso solo hará que su burbuja sea cada vez más fuerte y, por lo tanto, más difícil sacar al perro de ella.

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