Pon un perro en tu vida

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Un 39,7% de los hogares españoles posee al menos una mascota, siendo el perro el animal de compañía preferido (21,9%), según el último informe de AMVAC, Asociación Madrileña de Veterinarios de Animales de Compañía. Acoplar un perro a nuestras vidas no es complicado y, según todos los estudios, tiene más ventajas que inconvenientes.

Por: Luisa R. NOVELÚA

Siempre me advirtieron de que un perro cambiaría mi vida. Especialmente las personas que, como yo, nunca han convivido con uno. Te quita libertad, te da trabajo, genera muchos gastos... Pero a pesar de los malos presagios y tras meses madurando la idea, me embarqué en esta aventura con todas las consecuencias. Soy, por tanto, una novata explorando el mundo perruno. Llegados a este punto, la primera decisión fue el cómo. Desde un principio tuve clara la adopción. He hecho varios reportajes sobre la Sociedad Protectora de Lugo, e impresiona la cantidad de animales abandonados, más de 400, que se custodian en unas instalaciones diseñadas para albergar la mitad.
Yo buscaba un perro que se adaptase a mis circunstancias personales. Supe que era Pelucho en cuanto lo vi en el Facebook de la Protectora. Tras la preadopción y una primera visita a casa para ver cómo reaccionaba mi gata, llegó el momento de pasar por la tienda de animales para que me orientasen sobre todo lo necesario para el nuevo miembro de mi familia. Descubrí, asombrada, que hay infinidad de productos que ni siquiera imaginaba.
Para empezar: correa, arnés, cinturón de seguridad para el coche, manta protectora para el asiento trasero, cama, bolsas para las defecaciones, comedero, bebedero y el pienso que mejor se adapte a cinco kilos de cánido. Más tarde detectas otras necesidades: champú y peine adecuados para su pelo largo color canela, juguetes, líquido para las legañas... Y cuando llega el frío y la lluvia, acabas haciendo lo que siempre criticaste: le compras un abriguito-chubasquero. A esto hay que añadirle las visitas al veterinario.
Tus hábitos cambian en cuanto un perro llega a tu vida. Te levantas media hora antes para dar el primer paseo del día; cuando regresas a mediodía de trabajar lo sacas antes de comer porque -sí, es cierto lo que siempre te han dicho- te recibe con tal alegría que quieres corresponderle; aunque vuelvas muy tarde por la noche, también salís para que duerma tranquilo. Y si hay una ciclogénesis explosiva, dejas el cálido sofá y haces frente a cualquier inclemencia meteorológica para que haga sus necesidades.
Pero además de cambiar mis rutinas, Pelucho ha puesto de manifiesto un nuevo sentido que ignoraba que tenía: el radar de perros. Nunca había sido consciente de la cantidad que cánidos que hay en mi barrio. Cuando detecto que uno que se acerca, lo importante es saber si es macho o hembra. Así que la primera pregunta es: ¿chico o chica? Si el saludo entre perros es amistoso, intercambias un par de frases intrascendentes con el dueño, o puedes llegar a conocer incluso pormenores de su vida. Yo siempre estoy dispuesta a escuchar. Ahí hay material para un libro de microrrelatos.
De hecho, en el primer mes había hablado con más desconocidos en la calle que en buena parte de mi vida adulta. Son personas que después reconoces por su perro, que deja de ser un “perro” para transformarse en un caniche, un dogo alemán o un chihuahua. En una segunda fase, la bichón maltés pasa a ser Lulú y el setter inglés, Toby.
En este periodo de iniciación descubres que hay gente que adora a tu perro. Por ejemplo, la mujer que limpia el portal de mi casa y a la que saludaba cada mañana con un escueto buenos días, dedica ahora varios minutos a decirle ternuras a un Pelucho tan agradecido que me cuesta estropear el encuentro con mis prisas. Incluso me hace sentir culpable con sus mensajes indirectos: «¿por qué no llevas un abrigo, con el frío que hace?».
Pero no todo son cariñitos para Pelucho. Pronto aprendes a detectar a los detractores de perros, otro sentido que, sin duda, tenía oculto. Tras sorprenderme algún comentario desagradable -¿cómo es posible que haya alguien en este planeta que no adore a mi perrito?-, hago lo posible por esquivarlos.
Con tu primer perro también cartografías hasta el último metro cuadrado de zona verde de tu entorno. En mi caso, esta exploración llegó al extremo de descubrir un gran parque cerca de mi casa. Mi conclusión: hasta la llegada de Pelucho yo residía, sin saberlo, en una ciudad-dormitorio. Ahora vivo en mi barrio y convivo con mis vecinos.
Cuando comento que he adoptado un perro, casi todo el mundo me dice lo mismo: qué suerte ha tenido. Pero están equivocados. La afortunada soy yo. Pelucho, efectivamente, ha cambiado mi vida. Me da amor incondicional, me enternece, me hace reír con sus travesuras, me ahorra los gastos de gimnasio. Y lo más importante, si pienso en el sufrimiento de su abandono, siento la necesidad y la satisfacción de demostrarle que el ser humano puede ser el mejor amigo del perro

Beneficios de tener un can

Según señala AMVAC en su informe sectorial 2017, tener una mascota produce grandes beneficios a quienes conviven con ellos:
-Reduce la presión arterial, la frecuencia cardíaca e, incluso, el peso corporal.
-Al acariciar a un animal se liberan endorfinas.
-Ayuda a disminuir ansiedad, angustia, estrés y la depresión.
-Los dueños hacen más actividad física, por lo que tienen mejor salud.
-Reduce la sensación de soledad y facilita la interacción del dueño con el medio social que le rodea.
-Se incrementan los valores de compañerismo.
-Ofrece amor incondicional y provoca una responsabilidad positiva.
-Ayuda a crear rutinas saludables en vidas estresadas.

 

 

 

 

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