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LOS PERROS TAMBIÉN TRABAJAN

 

Becerrillo y Leoncico, perros conquistadores de las Américas

grabado

Por Albert M. DOMENECH (Historiador)

Dos perros, Becerrillo del aventurero Ponce de León y Leoncico de Vasco Núñez de Balboa, fueron los verdaderos protagonistas de las grandes conquistas o descubrimientos, Estados Unidos y Océano Pacífico respectivamente, de estos dos grandes descubridores españoles. Becerrillo, mestizo de mastín y lebrel era capaz de discenir entre indios hostiles y pacífiicos, y Leoncico, hijo de Becerrillo, distinguía entre un indio manso y otro bravo. Los dos tenían una viculación especial con sus amos, “trabajaban” en las batallas junto a ellos, participaban por igual del reparto del botín y recibían dobe ración de comida.

Poco se ha hablado en la historia reciente de los perros conquistadores que como cualquier soldado de un rango privilegiado también tuvieron su protagonismo en este episodio tan importante de nuestra historia. Los denominados “perros de la guerra” actuaron asistiendo a las huestes de los conquistadores castellanos. A partir de las crónicas de la época (como las de Gonzalo Fernández de Oviedo) no resulta muy claro si para sus coetáneos estos perros eran en sí mismos extraordinarios, o por el contrario, lo eran porque mantenían un fuerte vínculo con algún hombre en concreto

La mayoría de cronistas coincidieron en atribuir a muchos de los perros que acompañaban a los conquistadores una serie de emociones y comportamiento humano; se veía algo diferente en ellos. El primer cánido que destaca es Becerrillo, conocido como el “perro sabio”. No sólo fue conocido por sus despiadadas correrías con Ponce de León en la conquista de la isla de Boriquen (San Juan de Puerto Rico) en 1508, sino que también fue capaz de dar toda una lección de compasión a todos sus señores y capitanes al perdonar la vida a una india anciana, quien se refirió a él como “Perro Señor”. 

Becerrillo, según el padre Las Casas, era capaz de discernir por sí mismo entre indios hostiles y pacíficos, “como si fuera una persona”. Esta fama de perro sabio se mantiene aún en 1589: en la épica de Juan de Castellanos se narra su muerte asegurando que tras ser herido buscó y despedazó al indio concreto que lo había hecho “como si tuviera uso de razón”. Este mestizo de mastín y lebrel, además recibía “parte y media” (para su superior) a la hora del reparto del botín en las campañas en las que participaba, que en la época era el equivalente a la de un ballestero. También recibía doble ración de comida, que a veces resultó ser mejor que la de algunos infantes. El can cayó finalmente abatido en 1514 bajo flechas caribes mientras defendía del ataque a una hacienda a su último capitán, Sancho de Aragón.

Otro perro conquistador es Leoncico, el perro del Adelantado Vasco Núñez de Balboa. También las fuentes más fiables que hablan de este can son de Fernández de Oviedo. Según este autor, Leoncico, que era hijo de Becerrillo tenía “un instinto maravilloso y así distinguía entre un indio manso y otro bravo”, muy similar a la forma de actuar de su padre. Leoncico también participaba en el reparto del botín, aunque superó con creces el sueldo que una vez ganó el padre, pues cuando estaba junto a Núñez de Balboa solía cobrar sueldo como de capitán.

Otro aspecto a tener en cuenta es que el Adelantado utilizó, a menudo, a este can para liderar o individualmente llevar a cabo lo que se ha denominado “canibalismo canino” por algunos autores, refiriéndose al aperreamiento por parte de los conquistadores como castigo, represión o mera diversión contra los amerindios. Ésa era su forma de impartir justicia personal a “delitos” muy particulares como la traición o la transgresión (que incluía actos de idolatría, sodomía y homosexualidad). 

Leoncico murió en circunstancias extrañas, o poco claras, probablemente envenenado por los propios enemigos de Balboa. El perro falleció antes que su dueño, quien le lloró con gran dolor. El padre Las Casas asegura en sus crónicas que el traidor fue un amigo y capitán de Balboa, Antonio de Garavito, atribuyéndolo a un enfrentamiento por una mujer nativa, aunque según otras fuentes es posible que Las Casas confundiera este episodio con el vivido con otro conquistador, Hernán Cortés. 

La trayectoria de Leoncico sugiere que existía una relación vinculante entre hombre y perro y un intercambio mutuo de facultades que trascendiera sus cualidades así como sus cuerpos.

La existencia y conocimiento de estos dos súper perros conquistadores con sueldo y todo, lindica que el poseer “entendimiento humano”-o parecerlo- es, por tanto, la principal característica de la mayoría de los perros que aparecen en estas crónicas del siglo XVI, así como que recibían parte del botín de las expediciones en las que participaban como un soldado más y a veces, incluso de mayor rango. 

Todas las crónicas de la época relatan que se trataba de perros de algún modo “especiales”, por lo que sus nombres bien merecen estar ubicados junto a los grandes conquistadores españoles, aunque nuestra historia no les hace justicia, y son totalmente desconocidos para libros de texto, estudiantes o, incluso, historiadores. Muy lejos, desde luego, de la fama de personajes de nuestra historia como Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Francisco Pizarro o de los propios “guías” de Becerrillo y Leoncico, Ponce de León y Vasco Núñez de Balboa.

 

Como diez hombres

Los conquistadores españoles llevaban hasta el Nuevo Mundo una ingente cantidad de objetos para doblegar a los indios, entre ellos unas «armas secretas»: animales que combatieron a sangre y fuego junto a ellos. «Los canes peninsulares acompañaron a sus amos desde el segundo viaje de Colón”, según relata el historiador Ricardo Piqueras en su dossier «Los perros de la guerra o el “canibalismo canino” en la conquista». En un principio su objetivo era dar algún susto que otro a los nativos, pero no tardaron en demostrar su valía en combate, ya fuera en vanguardia como tropa de choque, lanzándolos contra las muchedumbres indígenas o en labores defensivas del grupo a cargo de la guarda del ganado o de los enfermos.

También eran idóneos para realizar largas guardias nocturnas, evitar emboscadas y «cazar» indios escondidos tras los setos y para conseguir comida. Colón señaló que no iría a ninguna parte sin ellos porque “cada uno vale por diez hombres”.


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